lunes, 14 de agosto de 2017

Revoltosa

Tú y yo en un cuarto de motel
Ahí donde tantos otros amaron, fugaces, antes que nosotros.
Bailamos al ritmo de una balada de rock n roll
Mientras evitamos los fragmentos de botellas rotas.
Que envidia siento de mi misma
Me sentía tan libre aferrada a tu chaqueta de cuero
Con el viento zumbando a mi alrededor
Cuando aullaba como un lobo
Montada en la parte trasera de tu motocicleta.
Me envidio, sí,
Porque ahí era todo lo que yo quería ser.
Ser libre y loca y tuya, más que nada.
Pero esta noche que escribo
Me someto al yugo de estas cuatro paredes.
¿Donde estan?
Esas carcajadas locas
Después de fumarnos unos
Y ver el universo entero consumirse
En una explosión orgásmica
Mientras cuento los puntos que recorren mi mano.
Yo, es otra.
Mis recuerdos no me pertenecen a mí.
Cuando tú no estas cerca
Soy yo la que se siente lejana.
Mi ser se ve borroso e indefinido,
Pues eres tú el que me permite
Verdaderamente ser.
Ser. El ser... vivir y no sólo habitar este cuerpo autómata.
Vivir, comienza y termina contigo.
Yo me realizo en ti.




domingo, 26 de marzo de 2017

Amarte...

A veces uno puede escuchar el sonido del destino llamándote... como si una mano sutil rozara tu hombro y tú te volteas... No sabes si fue a propósito o si fue un accidente.  Pero en el momento en que ves tu destino atravesando el marco de la puerta.. sabes que no hay nada más que puedas hacer. Te entregas a sus manos, dejándote caer... con la fe ciega de que si acaso todo se destruye... así es como debía suceder.
Desde el primer momento me fue imposible huir de la dulce miel de tu mirada. Dos perfectos extraños intentando averiguar cómo eran las reglas de un juego de azar. Sin saber que en ello nos jugábamos la vida.
Amarte ha sido siempre una locura. Una travesura ingenua y pura, donde apartábamos los ojos de los riesgos sólo para disfrutar de un momento más. Aprendimos a dormir con ese miedo, el potencial de autodestruirnos, porque era mejor eso que despertar solos.
Contigo aprendi a disfrutar del mar, cuando tu silueta se recorta en el horizonte. O a apreciar un beso bajo la lluvia cuando las hojas rojas nos pintan un paisaje.
Contigo hasta las caidas nos han acercado, siempre y cuando aterricemos juntos.
Cada vez que tuve miedo me tranquilizó tu voz serena, te tomé de la mano y  te abracé fuerte mientras conducíamos por esta carretera loca que es la vida.
El tiempo ha sido testigo de nuestra historia. Una historia que se escribe día a día en mi pecho con la tinta de tu cariño.
Me has tenido paciencia cuando ni siquiera yo puedo conmigo.
Podría decir que amarte no ha sido sencillo, pero de algún modo me sale natural. Es como respirar, simplemente no puedo hacerlo de otro modo. Aun así lo disfruto: cada aventura, íntima o salvaje, es un tesoro.
Amarte es como lo que siempre quise y creí que jamás sería. Y sin embargo seguir sorprendiéndome cada día.
Y es tambien el esfuerzo de cultivar lo nuestro para que prevalezca. Es soñar despierta con cada obsequio, con cada caricia, con tal de mantener tu atención.
Sé que para ti el amarme no es asunto sencillo. Es entonces cuando más valoro tu corazón noble y honesto. Tu alma que se abre conmigo como una flor exótica que rara vez se muestra... Ello me hace agradecida.
Conocerte ha sido el regalo que me dio la vida. No se si acaso lo merezco, pero lo disfruto. Gastar mi tiempo en tu compañía... para mí eso es vivir.



viernes, 20 de mayo de 2016

Errática.

¿Por qué a veces siento esta ira?
Es como el devenir amargo de una melancolía
que yace reprimida desde hace mucho tiempo.
Se encontraba maquillada de color pastel,
como antiguos papeles murales repletos de relatos viejos,
retratos olvidados y borroneados por la memoria.

Mi lengua tiene sabor a polvo cuando hablo de ti.
Hablas de soltar como si alguna vez te hubiese sostenido.
Hablas de fluir como si no estuviese seca por dentro.

Levanto la mirada y es cierto lo que mencionas.
Un "crimen" es la palabra precisa.
Porque al final huir y luchar son la misma cosa.
La contienda jamás se detendrá.

Sé que habito con esta fractura en mi interior.
Hay un nervio, entre mi corazón y mi alma, que se encuentra desgarrado.
Algo se atrofia en mi cerebro cada vez que me atrevo a sentir.
Entre latido y latido se disuelven los segundos
Como la bilis negra que brota de mis agujeros.

Esa es la sensación: de que tengo un cuerpo perforado.
Aquellos canales abiertos por donde debería entrar la vida
se han convertido en el éxodo de mi felicidad.
Cada recuerdo es una herida.

¿Por qué a veces siento esta ira?
¿Qué significa ser feliz?

No encuentro nada a qué asirme...
Tiro del hilo del recuerdo
y observo como el tejido se desarma...
No es menos efímero que el alimento de las mariposas nocturnas
No es más estable que el gas oscilante del sueño erótico
No es más dulce que la fruta prohibida, una vez podrida y descompuesta.

Quizás se trata de mi cerebro repleto de pájaros
que se jactan de picotear contra mi cráneo
Y siento constante ese taladro,
cual cuervo de Poe, susurrándome al oído.
¡Nunca más!
Y siento entonces como el ave extraña su nido.
Que crueles somos,
¿por qué convertimos las jaulas en tumbas?

Extraño las espirales siderales del universo de tus ojos.
Extraño perderme entre las nebulosas de tu ser.
Aliméntame de caprichos.
Insísteme en que se puede vivir de ilusión.
Arranquémonos por esa carretera perdida.
Inyéctame el vértigo atroz del momento fugaz.
Quiero eternizar el momento encapsulado.
Más allá de lo que permite mi pálida cabeza.

Quiero dejar de vagar como sombra fantasmal.
Quiero ser luz.
Quiero ser el rayo esplendoroso que surge del cielo, brutal.

Me gustaría emerger desnuda entra las nubes
Como una libélula de papel.
Dime que aún no es demasiado tarde.
Dime que puedo atreverme a pronunciar tu voz
cuando grita el nombre del silencio,
en medio de la noche trágica.

Esta soy yo.
Indefinida como una mancha de tinta defectuosa.
Si aún así me aceptas, dilo.
Porque en el fondo
nunca tuve dueño.


Atte
MEI


martes, 1 de marzo de 2016

Tipologías

Existen seres que avanzan por este mundo
como partículas de polvo,
ingrávidas,
movidas sólo por la inercia
de este aire que las sostiene.
De vez en cuando chocan,
casualmente,
con algún rayo de luz perdido
que les ciega con la magnificencia de sus detellos.
Y durante ese breve instante
esas partículas de polvo suspendidas
se sorprenden con la propia belleza
que habita en el interior de su ser.

Existen cuerpos que vagan por este mundo
cargados de tristeza.
Son almas pesadas y lentas
como si fueran llevando piedras ancladas a su pecho.
Y ni todos los cantos de las aves,
ni todas las puestas de sol,
son capaces de alivianar esa carga.

Existen seres que aunque están aquí
se encuentran ausentes.
Su mirada se pierde recorriendo
las pupilas de alguien más.
Habitan otra piel.
Son capaces de sentir el tacto
tanteado hace tanto tiempo atrás.
Se transportan a través de aromas y melodías.
Ellos son los viajeros en el tiempo.
Viven en otras épocas.
No se encuentran frente a uno,
sino que viven en los recuerdos
de algún momento mejor...
Traerlos de regreso siempre les es doloroso.
Hacerlos presentes
es recordarles la ausencia.

jueves, 23 de julio de 2015

¿Qué es lo que he aprendido con la Danza?

Jamás imaginé que sería buena bailarina, principalmente por mi físico. Tengo demasiados prejuicios contra él, sobretodo con mis piernas... Digamos que sencillamente no tengo el clásico "cuerpo de bailarina." Así que nunca le dí demasiadas vueltas al tema. Pero la Danza era una de esas cosas que se te van quedando guardadas, por ahí, en algún rincón del corazoncito, a la espera de resurgir en cuanto salga la posibilidad. Siempre me han gustado las artes en general y la lista de bailes que me gustaría aprender era bastante larga (y bastante poco seria también). Pero la Danza Celta, muy poco conocida, era algo mágico que me había atraído desde que era pequeña y mi mamá me había llevado a ver Lord of the Dance, cuando tenía por ahí como 10 años... Fue una experiencia maravillosa... Así que cuando, trece años más tarde, un día como cualquier otro, sonaba el teléfono y la voz de un conocido mío me decía: "Hey! ¿Quieres aprender a bailar danzas celtas totalmente gratuito?" Fue una de esas cosas que uno no las piensa mucho y dice: "¡Ya, sí, claro!" Sin dejar mucho espacio para el... "¿En qué me metí?"



Llegué y con las chicas calzamos de inmediato. Alguna alineación planetaria extraña hubo, pero la cosa es que se armó una dinámica súper rica. No les voy a mentir, hemos pasado por DE TODO, pero lo genial es que hemos pasado por eso juntas. Hemos aprendido mucho en el proceso y hemos llegado más lejos de lo que probablemente ninguna había imaginado. Lo genial de esto, es que a medida que avanzamos, los horizontes se mueven también, y es así que nunca termina. Cada vez que alcanzamos una meta surgen nuevos desafíos, de este modo, a pesar de estar tan lejos de esos inicios, bailando en el bar de una casa privada... aún se siente como que hay un laaaargo camino por recorrer. Aún nos falta y siempre podemos ir mejorando. Este mes de Agosto cumpliremos dos años como agrupación formal. Y no podemos sentirnos más orgullosas.



Pero hoy no quiero hablar de nosotras. Ese es un tema que me gusta mucho, pero esta vez quisiera dejar un espacio para mí. Quiero hablar de lo que he aprendido con este mundo de la Danza. Y prepárense, porque siento que la lista es interminable.

Primero que todo: he aprendido a soñar. Es curioso, muchas veces la gente dice "soñar no cuesta nada," pero yo creo que sí. A algunos les cuesta. Como les contaba, yo no creía ser buena bailarina, no creía que serviría para eso. A lo más pensé que si me atrevía a dar ese primer paso e ir a clases a aprender... Con suerte sería un hobby para mí, no algo de calidad que podría mostrarse a otros y que el resto disfrutaría tanto como yo lo hago. El tema es que sí se puede. Hay que aprender a lanzarse a la vida, a intentar cosas, a perder el miedo, a tratar... Basta de decir "es que yo no puedo," es que "yo no soy buena" "ay! pero si yo no me voy a dedicar a esto..." Todo lo que uno hace lo hace con amor, y parte de eso es darse la oportunidad. Soñar con que tal vez si lo intentas y trabajas, podrás hacerlo. Y después nuevos sueños van apareciendo: quizás ya no sólo aprenderé a bailar, sino que además seremos un grupo con vestidos y un logo y un nombre. Quizás nos inviten a bailar a eventos y quizás nos inviten a otras ciudades, regiones, otros países... Todo eso se ha ido cumpliendo. Pasamos del "Quizás yo no pueda bailar" o el "es que ese paso no me sale" al "dame tiempo y lo sacaré."




Eso se relaciona mucho con mi segundo aprendizaje: el trabajo duro y el esfuerzo. Porque el éxito no es algo que cae del cielo. Es cierto, hemos tenido mucha suerte, gente que nos ha apoyado y que ha estado ahí para nosotras. Oportunidades y buena onda. Pero eso se convertiría en nada si no fuera por el esfuerzo y la disciplina. No sacamos nada con que nos ofrezcan oportunidades si no estamos dispuestas a trabajar para tomarlas y sacarles el máximo provecho. La gente ha confiado en nosotras porque les hemos dado razones. Ven como nos sacamos la mugre. Es la disciplina y la constancia. El correr para todas partes y cumplir con todo. El preocuparse de hasta el más mínimo detalle. De hacer que todo calce. De perseverar. De levantarse del suelo cada vez que las cosas se han puesto feas. El éxito es la punta del iceberg, dicen por ahí, y cuánta razón tienen. El éxito se construye. Es un proceso lento, largo y difícil y no todos están dispuestos a recorrerlo. Pero cuando uno se acerca a él  puede mirar atrás con orgullo, sin arrepentirse de nada y dar gracias por haber tomado las decisiones correctas. Y ojo, que con éxito me puedo estar refiriendo a muchas cosas. Cada cual sabe cuáles son sus metas. El éxito no es la fama o el dinero... A veces es algo tan sencillo como obtener un nuevo par de zapatos, lograr que te salga un nuevo paso, o ese momento mágico cuando se cierran las cortinas y tú, con tu vestidito nuevo, escuchas los aplausos y corres a abrazar a tus compañeras porque saben que lo hicieron bien. Y que, aunque no tienes idea de cómo, todo salió bien después de
todo.



Lo tercero que he aprendido es el sacrificio. Y si bien esto se relaciona con el punto anterior, me refiero a un sacrificio distinto al que uno hace por el esfuerzo, me refiero al que hacen los demás. En mi caso el hecho de que yo pueda bailar se debe a una infinita red de hechos que se han dispuesto de tal modo que permiten que yo pueda hacer lo que me gusta. Tengo una familia que me apoya, amigos... Y es difícil a veces hacerles entender que no puedes ir al cumpleaños de tu mejor amigo o pasar más tiempo en familia, porque tienes otras responsabilidades. O a veces algo tan simple como hacerles entender el por qué algo es tu pasión. Al final una bailarina en el escenario no es solo ella y su determinación, sino también todos los que la acompañan. Y ese equipo es tan grande que capacito que no quepan todos en un sólo salón.




La importancia del trabajo en equipo. Como les contaba es imposible hacer todo sola. Y cuando además te presentas en grupo es importante que todos se muevan como parte de un cuerpo único. Es necesario confiar en el resto y que ellos confíen en tí. La química se nota sobre el escenario. Incluso se pierden las distancias: ya todos son un sólo sudor. Las derrotas y victorias de uno son las de todos. Y a final de cuentas a tu equipo es a quienes más verás durante el año, más que a nadie más. ¡Y sólo los dioses saben lo difícil que puede ser a veces convivir con otros! Cada uno es un universo entero que cocha con el de los demás. Hay días buenos y días malos. Pero como les contaba más arriba, lo bueno es que entre nosotras se armó una dinámica súper enriquecedora. Hemos aprendido, a relacionarnos entre nosotras y con los demás. A desarrollar una inteligencia emocional. Hemos aprendido a convivir, y sí, eso se aprende... Y para eso todos tienen que poner de su parte. Pero cuando se logra, los resultados son maravillosos.



"No toda la gente tiene buenas intenciones." Quizás esta ha sido la lección más dura. Principalmente porque nosotras nos hemos dedicado a esto por ser nuestra pasión. No es otra cosa que hacer lo que nos gusta y compartirlo con otros igual de gustosos. No le hemos deseado mal a nadie y nunca lo hemos visto desde el punto de vista competitivo. Más bien siempre se ha tratado de amor: amor a la danza, amor al público, amor entre nosotras, amor a la familia, amor a los amigos, amor por las cosas que nos interesan, amor a la wena onda, etc. Y sí, a veces se han creado mal entendidos, malas experiencias. Principalmente por ser demasiado ingenuas. Pero de a poco hemos sabido fortalecernos, no rebajarnos, y seguir a delante, sin darle demasiada importancia a esos casos, pero sí, aprendiendo a tratarlos cuando ha sido necesario. Nos ha servido para ir haciéndonos más sabias y cuidadosas. Así que en el fondo hemos salido beneficiadas. No todo puede ser de color de rosa, pero sí puede ser una oportunidad de aprendizaje.



Y que la danza, así como todo arte, es una manera de conectar: Muchas veces hacemos rondas con el público. Y típico, al principio nadie quiere salir, les da vergüenza, piensan que no son buenos para bailar y que sólo van a hacer el ridículo (como sabrán, yo ya he pasado por eso), pero luego se sueltan y se relajan. Entran en confianza. Me toman de las manos y empezamos a girar. Y ese momento se vuelve mágico. Ya no se trata sólo de nosotras, o ellos, ahora somos todos. Y los que están fuera del círculo también: aplauden, bailan entre ellos, ríen. Arriba, en el escenario están los músicos y de repente se cola alguien que también sabe tocar... ¡Y por allá alguien también sabe bailar! Uno puede sentir esa energía. Personas que tal vez no conoces para nada. Pero todos están ahí, en ese momento, justo ahora, compartiendo esta experiencia única e irrepetible. Es tan sólo eso: experiencia, energía, buena vibra, diversión. Después la gente se nos acerca y yo noto ese brillo en sus ojos: ellos también quieren poder vivirlo. Se toman fotos con nosotros. Nos siguen en las redes sociales. Comparten nuestras alegrías y tristezas. Esperan a vernos en los próximos eventos. Siempre nos apoyan. Nunca antes había conectado de tal forma con tanta gente. He conocido a tantas personas maravillosas. Cada una de ellas es un ser único y hace cosas increíbles. Artistas, músicos, bailarines, artesanos, público. Todos tienen algo que aportar. Y es así que la comunidad va creciendo. Y me doy cuenta de que sólo soy un punto dentro de este fantástico universo interconectado. Después de un buen evento la felicidad me puede durar semanas y se vuelve realmente adictivo. Yo creo que es lo que más me gusta, poder compartir lo que hago. Y es así que ya no soy solo yo bailando, realizando un "hobby" (que por lo demás me ha hecho súper bien físicamente), sino que siento que  es algo en donde he aportado al resto también. Y eso ya es arte.



Finalmente eso, dejar un espacio para lo que me ha dejado la danza. La danza me ha dado mucha más confianza y autoestima. Oportunidades de crecimiento y aprendizaje.  Tanto física como social y espiritualmente. Siento que ahora me relaciono de otro modo con mi cuerpo. Tengo más dominio sobre él, sé escucharlo mejor. Me sirve para expresarme. Lo cuido más y en retribución esto me permite sentirme mejor. Ahora me siento capaz de muchas cosas. Y por lo mismo, y porque sé el camino que he recorrido, tampoco dejo que cualquiera venga y me pisotee. Me valoro y me hago respetar. Porque sé de lo que soy capaz. Ahora sólo quiero poder seguir creciendo. Alcanzar mí máximo potencial. Y eso es importante, porque se trata de hasta dónde YO voy a llegar. Yo no quiero ir a competencias ni considerarme una bailarina profesional que vivirá de eso y luego se retirará. No quiero sobre-exigirme o morirme de hambre o lastimarme. Yo sólo quiero seguir perfeccionándome y sobretodo disfrutar, aprender mientras siga siendo divertido.   Total, es mi vida y durante el tiempo que esté destinado, voy a dedicarme a vivirla al máximo y a gozarla.


Ahora sólo queda una última pregunta. Todo esto es lo que me ha dado la Danza, todo esto es lo que he aprendido. Ahora, ¿qué puedo darle yo a ella?











sábado, 13 de junio de 2015

Instagram

Siempre escucho que Instagram comenzó todo un debate sobre la verdadera habilidad artística de los fotógrafos, pues se utiliza un filtro prefabricado para dar ciertos efectos a una fotografía (efectos sumamente estéticos y clichés), dejando de lado toda una técnica que va desde lo que significa sacar una buena fotografía o lo que podría ser utilizar herramientas digitales para alterarla...

Por otro lado también he escuchado los problemas asociados con esta moda del Instagram: Que las Selfies pueden ser una expresión de inseguridad, que buscan siempre la aprobación del resto, llegando a convertirse incluso en una adicción diagnosticada... O que el modo en que componemos una imagen para Instagram es en el fondo eso, un falseamiento de la realidad para crear un Perfil, es decir, un punto de vista, acerca de nosotros y nuestro estilo de vida. Como esa gente que pone "Saliendo a hacer running" cuando en realidad después de sacarse la foto se meten de nuevo a la cama. O el típico caso: "¡Oh! Accidentalmente todos los elementos que tengo sobre la mesa combinan y, curiosamente, demuestran lo alternativa y culta que soy."

No voy a negar estos fenómenos. No es que todos los usuarios de Instagram caigan en estas categorías... Pero de que pasa, pasa. Quizás tiene que ver con una nueva generación, estos "millenials" que perciben la realidad de un modo muy distinto, siempre conectados con un mundo que valora tanto las interacciones virtuales como las directas. Y que poco a poco han ido cambiando todas las estructuras a las que estábamos acostumbrados: las modas, el lenguaje, el modo de trabajar, de comprar, de comer, de vivir, etc.

Pero hay algo que sí valoro de Instagram. Algo por lo cual me gusta mucho esta aplicación. No sólo porque me permite visualizar la cotidianidad de la gente a la que sigo... Sino que hay una caracterísrica especial que distingue a las imágenes de Instagram de las de otras aplicaciones. Mientras que Facebook es una recopilacion de todo lo que hacemos desde un enfoque social, y Twitter tiene un caracter más mediático e inmediato (por ej compartir la foto de un accidente a un publico masivo)... Creo que la cualidad de Instagram (sin quitar que esta después se comparta a traves de otras redes) es justamente ese factor Estético. El sólo hecho de que los filtros y efectos ayuden a mejorar una imagen o haga que se potencie una idea... Tiene ese algo... Claro, cliché muchas veces, pero sí tiene ese algo de ser como un ojo selectivo, que va por ahí, por la vida cotidiana buscando lo bello. ¡Me he topado con varias sorpresas! La gente muestra aquello que cree que es digno de mostrar y es muy curioso lo que eso puede llegar a significar para cada individuo. Aun cuando se intente armar una ficción con respecto a uno mismo, me parece muy interesante aquella idea de "qué es lo mostrable" para cada uno.

Si algo me ha dejado Instagram es la idea de que realmente hay mucha belleza en este mundo y sólo hace falta buscarla, incluso si eso significa ir por ahí buscando qué fotografiar con tu celular...

Quizás el siguiente paso sea simplemente apreciar esos instantes en directo sin la necesidad de tener que capturarlos. De todos modos el solo hecho de sentir esa necesidad de compartir me parece también loable. En el fondo todos tenemos el instinto de compartir la belleza en vez de guardarla como una experiencia privada. Incluso si no concordamos en qué es bello.

jueves, 11 de junio de 2015

Ride

Ella estaba perdidamente enamorada de él... ¡¿Cómo no?! Él era perfecto, era todo lo que siempre deseó.

Le gustaba imaginárselo con su cabellera larga al viento, con su chaqueta de cuero y guantes para manejar. Otras veces él andaba de oficina, pero en tono casual. Aunque se viera respetable, debía de ser ropa cómoda.

Ella cerraba los ojos y se imaginaba todos esos viajes maravillosos que harían juntos en el verano, abrazada a su cálido cuerpo, sintiendo su perfume a madera. Lo más probable es que fueran a veranear a la costa. Sonreiría cuando contemplara su reflejo en el brillo de su casco. ¡Por supuesto que irían en su motocicleta! Sabía que después de ella, ese vehículo lo era todo para él. Gracias a eso se habían conocido.

Todo comenzó cuando ella se dirigía a tomar el tren y no pudo evitar notar la maravillosa moto estacionada fuera de la estación. Era completamente negra, algunas partes eran brillantes, pero otras eran de un elegante tono mate. Siempre bien cuidada, yacía anclada a la reja como un perro que espera a su dueño. La observó detenidamente, embelesada. Pero luego de eso se alejó con indiferencia.

Los días pasaron y cada vez que ella corría a tomar el tren la motocicleta estaba ahí. Después de un tiempo pareció que la moto ya no esperaba a que su dueño regresara del trabajo, sino que la estuviese esperando a ella. Y fue así que ella empezó a cuestionarse sobre el dueño del vehículo. ¿Cómo sería él? Debía de ser bastante genial para tener una moto así. Pero de seguro habría una razón para que, a pesar de todo, él se dirigiera a su trabajo en tren.

El tiempo prosiguió su marcha y ella comenzó a imaginarlo a él. Por el tipo de gustos de seguro escuchaba buena música, tendría sentido. Y debe de ser alguien responsable por cuidar así su moto y mantenerla siempre tan limpia. Además cumple sus horarios en la oficina, asistiendo todos los días.
¿Cómo sería? ¿Sería acaso delgado? ¿Sería guapo? ¿De qué tonalidad tendría su piel? ¿Sus ojos serían tan brillantes como esos accesorios plateados?

Y fue así que poco a poco, de tanto imaginar, comenzó a gustarle lo que imaginaba. Cada vez podía verlo como alguien más definido. Sabía de qué color eran sus ojos, sabía qué refresco prefería su paladar. Fue entablando un diálogo ficticio con él. Ella le hablaba de sus problemas cotidianos y él siempre sabía qué responderle. De vez en cuando ella pasaba por el escaparate de alguna tienda y algunas cosas le hacían pensar en él, pues había llegado a conocer muy bien sus gustos. Tenía fantasías respecto a sus encuentros amorosos. ¡Las cosas que ellos harían! Hasta que finalmente, después de una bella tarde de paseo, se alejarían de la ciudad, y ahí en medio de la naturaleza ella le confesaría que estaba totalmente enamorada de él. Y él la correspondería. Serían inmensamente felices. ¡¿Cómo no?! Él era perfecto...

Y fue así como cada mañana al ir a tomar el tren ella echaba una mirada. Ahí seguía la moto estacionada. Algún día, en algún momento, vendría él a buscarla y con ello vendría él a buscarla a ella también.

Fue por esto que ella se juró a sí misma que jamás averiguaría quien era el verdadero dueño de aquella motocicleta.



miércoles, 3 de junio de 2015

Nocturno



Era el escenario perfecto. Era un palacio, era un museo. Desde una habitación pintada de rojo se pasaba a la sala con el enorme ventanal con vista al mar eterno. Se encontraba decorada por los cuadros de grandes artistas del pasado. Era como si las obras le conversaran en medio de una fiesta silenciosa y fantasmal.

En el cuarto contiguo se comienza a escuchar una melodía. Era como si la música le estuviese llamando. Junto a la chimenea un inmenso gobelino con escenas de caza. Pero al otro lado, más allá de la mesita de María Antonieta, iluminado por la luz de la ventana y cobijado en un rincón, un músico toca su instrumento.

Ella ama al piano y ama los nocturnos. Pero esta melodía no la conoce. Le pregunta y él responde:

-"Nocturno en Re menor de Piotr Ilich Tchaikovski, Opus 19 número 4."

Desde entonces ese código quedará registrado en su memoria.

Ella le agradece. Él sonríe.

-"Soy fanática de los ballets de Tchaikovsky." -Dice ella en tono amable.

-"¿Te refieres a éstos?" -Él juguetea con las teclas. Ella las reconoce.

-"Sí, esos mismos." -Ella sonríe, lo felicita por su interpretación, ha cambiado completamente su experiencia de la visita al museo. Él agradece el cumplido. Ella se retira y al cruzar el umbral que los separará ella se despide con un gesto de su mano y él le responde esbozando una sonrisa. Mientras se marcha suena nuevamente aquel nocturno que ahora la ha dejado tan marcada. Es como su despedida.

¿Cómo explicarle lo que ella siente por los nocturnos, por el sonido del piano?

Dos desconocidos unidos por un instante por la música. Casi...
Casi podría ser una historia de amor incompleta.



lunes, 9 de marzo de 2015

Permitirse Olvidar

¿Cómo lo haces?
¿Cómo deshacer los pasos que diste en esa difícil pendiente?
No puedes devolver todos los guijarros al camino
No puedes eliminar el polvo de tus pies...

Nada más esperar... A que pase suficiente tiempo...
A que el futuro pueda dejar suficientemente atrás al pasado.

¿Cómo lo haces?
¿Cómo cierras las heridas que jamás fueron cauterizadas?
No puedes eliminar el dolor que se siente
Ahí donde ya no queda nada...

La memoria es un juego cruel
Te vas perdiendo entre el tic y el tac.
¿Te construyes o te destruyes?
El recuerdo... Y el olvido...

Ese lugar oscuro,
donde las palabras se distorsionan y las imágenes se ponen borrosas...
Donde las promesas se hacen cenizas en la boca
Y toda risa se escucha como un llanto.

Dime... ¿Alguna vez sabré?
Lo que fue ya no será
¡Déjalo atrás! ¡Atrás! ¡Atrás!
¡Vete y no vuelvas más!

Vete... Y  no vuelvas.


Mei

sábado, 17 de enero de 2015

Forget me not.

Con el paso del tiempo se fue haciendo más difícil recordar.
Era un ejercicio que hacía cada noche... Jugar a imaginar su rostro, su cuerpo, el sonido de su voz...
¿Había sido acaso su aroma más cítrico o acaso más cercano a la madera?
¿Había sido cálida su mano posada en su mejilla?
Poco a poco los límites se difuminaban... Los diámetros se perdían....
Ya no era posible diferenciar lo cóncavo de lo convexo.
Hasta que toda geografía de su cuerpo se disipaba en las tinieblas.
¿Había sucedido todo realmente?
A veces a su imaginación le gustaba jugarle bromas y alteraba los relatos.
Era parte del deporte.
Cerrar los ojos y alargar los sueños, a ver si sucedía más de lo que en realidad había acontecido.
Su mente inventaba símbolos, le gustaba ir amarrando vivencias a objetos que aún pudiese percibir.
Imágenes que aún pudiese reconocer.
Eran pequeñas anclas que unían el pasado al presente.
Cadenas invisibles que buscaban resistir el arrasador paso del tiempo.
Pero era inevitable. Cada vez se le dificultaba más.
Tarde o temprano bajaba esa terrible neblina que todo lo envolvía.
Nombres, rostros, sensaciones...
Hasta los sentimientos más profundos le eran arrebatados por esa niebla gris y ensombrecida.
Si todo lo que era eran recuerdos, tarde o temprano ella misma desaparecería.
Se dio cuenta de que así es como funcionaba la vida.
Al fin y al cabo nada permanece.
Todo no era más que una gran canción de olvido...



Atte
Mei

viernes, 26 de diciembre de 2014

Esos pequeños ángeles cotidianos

De vuelta al teclado. 

¡Uf! Perdonen la desaparición. No es que no cumpliera mi promesa de esforzarme en escribir, es sólo que fue un fin de año caótico, como generalmente suele ser. Entre que terminé el equivalente a mi Tesis (¡Y me fue bien! ¡Eh eh eh!) así que "terminé" la Universidad... (En realidad uno nuuuuunca termina de estudiar). Y bueno, después... Todas las fiestas y compromisos de fin de año... Además que también mantengo otro Blog, el de la agrupación de baile a la cual pertenezco (Danzas Celtas Dancing Clovers)... Así que tenía que cumplir con eso... Y en fin, no me ha dejado mucho tiempo para sentarme aquí, con calma... A redactar mis ideas flotantes varias.  Lo cual no significa que no las tenga.

Ya que éste ha sido el mes Navideño... Quisiera compartir con uds. una reflexión que me viene dando vueltas hace rato, sobre esos pequeños ángeles cotidianos, como me gusta llamarlos. Esas personas, muchas veces desconocidas, que con actos sencillos, desinteresados, minúsculos... Son capaces de cambiarnos la vida. 

Sólo por poner unos ejemplos... Les contaré de cuando estaba en Alemania, que pasé unos meses por allá hace un par de años... Y, la verdad, el sistema de trenes era bastante complicado. Podías comprar los pasajes en unas maquinitas, pero yo no entendía muy bien como funcionaban. Como se trataba de harto dinero me daba un pánico atroz equivocarme, así que prefería ver bien cuál pasaje era el que yo quería, descargaba la información desde internet, lo imprimía y, en vez de comparlo en la máquinita, lo compraba en la caja, mostrando el papel impreso. En la caja era un poco más caro. La vendedora me dijo: "Sí lo compras en la máquina será más barato." -"Lo sé.- le contesté.- Pero no la sé usar." Entonces ella se salió de su puesto en la caja y fue especialmente a la máquina para comprármelo y aprovechar el descuento. Nunca olvidaré ese gesto. Siempre hablan de los empleados públicos como gente totalmente mecanizada, desesperados de sacar ganancias, que no les importa un bledo la atención de personal. Lo que vi aquí, fue totalmente lo contrario. Un gesto de generosidad que realmente me conmovió.

Pero, claro, eso fue en el extranjero (uno podría pensar). Pero no. Ese tipo de cosas realmente pasan aquí. De hecho, los gestos más dulces los he vivido aquí, en Chile, cuándo, quizás, más lo necesitaba.

Una vez estaba teniendo una conversación muy difícil, sobre un tema muy delicado, con alguien muy especial. Era algo importante, así que no pudimos elegir muy bien el lugar. Fue más bien inesperado. Terminamos conversando en el café del terminal de buses. Y yo lloraba a mares. No podía controlarme. No quería parecer teleserie, así que no gritaba ni nada, pero estaba realmente afectada y no podía parar de hipar. De la nada se me acerca un caballero de tercera edad, muy tierno, tenía ese "corazón de abuelito" emanando por todas partes (aunque para ser honesta, debido a mi condición, no recuerdo bien su rostro). Este caballero se me acerca y me dice algo así como: "No sé por qué lloras, pero toma, un dulce para que te endulce la vida." Y se fue. 

No me preguntó por qué lloraba. No se metió en mis asuntos. Simplemente rompió la barrera de la indiferencia y con ese simple caramelo, me regaló algo mucho más grande: Consuelo. 

En otra ocasión, también difícil para mí, venía de otro momento amargo. Yo pasaba por una depresión y como es clásico en ese estado uno se coloca más o menos sadomasoquista. Venía manejando por una atochada avenida, con la radio puesta con la música más cebolla que se puedan imaginar. Ahí yo lloraba a moco tendido. Quizás mi imaginación ha distorsionado el recuerdo tanto que ya no sé decir si acaso llovía o no, el punto es que la situación era penosa. Estaba detenida en un semáforo y en eso siento un bocinazo del auto de al lado. Miro por la ventana (¡oh, por Dios, que cara habré tenido!) y lo que veo es una pareja joven, de mediana edad, que me miran y me hacen un gesto con el pulgar. Sonríen, pero no dijeron nada más y se alejaron. 

Ellos no eran de la tercera edad, como el caballero anterior. No se les puede excusar por ello. Ni siquiera había una proximidad física. Allá en su auto, en su mundo, ellos no tenían por qué haberse puesto en contacto conmigo. De hecho, no dijeron una sola palabra. Pero con ese gesto, fue suficiente. Fue un explícito: "Arriba el ánimo, todo va a estar bien."

A veces con eso basta. No es necesario solucionar todos los problemas del mundo, no hace falta ser un intelectual o un político con mucha pompa. A veces estos héroes anónimos son todo lo que uno necesita. Son capaces de satisfacer la sed de esperanza que nos ahoga en los momentos de crisis. Eso es lo fundamental.

Quizás les parezca una historia simplista e hiper positiva, como esas que aparecen en las cadenas de e-mails. Pero para mí fueron momentos importantes que realmente tocaron una fibra sensible en mi ser. Cada día leo el diario, escucho las noticias, me entero de cosas por internet... Cada día desayuno con las peores atrocidades que la gente pudiese imaginar. Y todo eso me hace pensar: ¿En qué clase de mundo vivimos? Realmente cuestiono la cordura de la especie humana y muchas veces, como a cuantos no les habrá pasado, me dan ganas de mandar todo a la mierda. Harta del egoísmo, de la crueldad y la maldad, que realmente existen. De las injusticias, de la gente varsa y de los hipócritas. Pero también harta de los vagos, de los demasiado cómodos, de los indiferentes. Y he aquí la prueba de lo contrario: de que el mundo aún puede salvarse a partir de simples y sencillos cambios.

Edmund Burke dijo una vez: "Para que la maldad florezca, sólo hace falta que la gente buena no haga nada."

Quizás se trata simplemente de estar más atenta a tu alrededor. No hace falta que te inscribas como voluntario en alguna parte, que dones dinero o que te subas a un barco a combatir cazadores de ballenas. Se trata de ver lo que la gente a tu alrededor realmente necesita. ¿Hay una señora embarazada cerca tuyo? Cédele el asiento. ¿Alguien necesita un lápiz? Préstaselo. ¿Le faltan 20 pesos para un fotocopia? Regálaselos. ¿Ves que está triste? No le preguntes qué le pasa. Abrázalo y dile que lo quieres. La vida sola se encarga de darnos oportunidades, somos nosotros quienes debemos tomarlas.

Una vez una señora en silla de ruedas me pidió que la ayudara a cruzar una calle, pues la calzada estaba en pésimo estado. Me sentí un poco tonta, porque yo no sabía nada de sillas de ruedas, pero sí sabía de llevar coches de guagua, así que como pude me las apañé para hacer palanca y ayudarla a subir a la vereda. Cuando la mujer se marchaba me pregunté... ¿Cómo lo hace? No para vivir en silla de ruedas, sino que para vivir en un mundo que no piensa en ella. Como madre yo sé lo malas que están las calles. No es su culpa no poder caminar. Es nuestra culpa que ella deba pedir ayuda para cruzar.

Otra vez una señora de tercera edad me pidió que la ayudara a cruzar una calle, porque andaba con muletas. Me sentía como esas caricaturas de boyscouts ayudando a cruzar abuelitas. Pero pensé en mi abuelita y en cuánto me hubiese gustado que alguien de buen corazón la ayudase a ella también cuando lo hubiese necesitado. No me demoré nada. ¿Qué es un minuto más al cruzar la calle? Mi vida entera está llena de minutos. Que al menos sean minutos de bondad.

Al pensar en todo esto, no pretendo sacar en cara mis buenas acciones, simplemente que, pensándolo siento que es el universo dándome oportunidades de ser mejor persona. De ir probándome: ¿cedí la pasada al auto que quería salir de la bencinera? ¿Acompañé a mi amiga al baño cuando me lo pidió porque no quería ir sola? ¿Dejé la loza limpia para que cuando mi mamá llegara encuentre todo ordenado? 

Depende de uno poner en marcha ese motor. Quizás es el karma, haciéndome pagar por las veces que la gente ha sido buena conmigo. Cuando me han dicho: Tienes el cierre de la mochila abierto. Una vez una señora me dijo en el mall: alguien te quiere robar tu collar, mejor camine hacia otra parte. 

La verdad es que hay gente buena. Hay angelitos que nos cuidan y que toman la forma de personas normales, en situaciones comunes. Pero esas personas optan por hacer una diferencia. Jamás saldrán en televisión. Nunca se les homenajeará públicamente. Pero este es mi reconocimiento hacia ellos, esos héroes anónimos dentro de la cotidianidad.

Creo que es un bonito pensamiento para estas fechas. Después de todo, estas celebraciones, en diferentes culturas, tratan sobre eso: La esperanza.

Era un tema que siempre salía en películas infantiles, pero que recién ahora vengo a entender con mayor complejidad.

La esperanza es como una llamita, inicia pequeña, pero cuando es un gran incendio puede cambiarlo todo. Es una luz que no debemos apagar, es un fuego que hay que avivar. Pero no prende con palabras, prende con acciones. Y siempre, aunque no tengamos nada más, es el mejor regalo que podemos obsequiar.





jueves, 30 de octubre de 2014

¿A quién no le ha pasado?



A veces esta sociedad me cansa. Me cansa sobretodo porque la conformamos todos nosotros. Nosotros somos sociedad. No es algo externo. No hay un "Gran Hermano" planeando todo, oculto entre las sombras, (de que habrán algunos, deben existir, pero no es eso a lo que me refiero). A lo que voy, es que tendemos a hablar fácilmente de los demás y no hacer hincapié en nuestras conductas diarias. 

Hoy, y eso sólo fue el resultado de varias ocasiones anteriores, estuve pensando en lo que es para mí ser mujer aquí, en pleno siglo XXI, en Chile. 

La voy a hacer corta. No me considero una activista del feminismo. De hecho creo que no he participado en ninguna campaña explícita ni he hecho nada por la causa más allá de compartir un par de links en redes sociales. No sé nada de las corrientes feministas, el nombre de ninguna filósofa al respecto, muy poco del proceso histórico, etc.  De hecho pongo en cuestión muchos de los conceptos clichés sobre "la mujer moderna," y todo eso. Odio a las Feminazis. No soy partidaria del aborto. En fin. Todo por una infinidad de razones, claro... 

Pero lo que sí sé es lo que siento como mujer. Y para eso no tengo que declararme nada. Sólo compartir mi experiencia. Y con respecto a ello, creo que otras pueden sentirse identificadas con la mía. Porque a grandes rasgos  es la experiencia que compartimos como mujeres, como chilenas. Y creo que hay ciertos aspectos de ese "ser mujer" que no nos gusta. No quiero llamarlo machismo, así como no quiero llamarme feminista. Pero claramente algo hay ahí que todos podemos reconocer. Y no importa el nombre, lo que importa es que no está bien y como sociedad deberíamos estar haciendo algo.

Tengo recuerdos de cuando era pequeña, de alguien diciendo "voy a hacerte masajes" para luego agarrarme el culo. Y después decir "será mejor que no lo comentes, porque podrían malpensarlo." Y yo en mi ignorancia no dije nada. Él era hombre y no debe haber tenido más de 13 años, ¿quizás? Fue sólo una vez y no significó nada, pero recordándolo ya de adulta, me di cuenta de lo que significaba realmente.

Después recuerdo estar en el colegio. Y cuando entramos a básica debíamos usar uniforme, en esa época se usaba jumper. Y los compañeros de curso no encontraron nada mejor que divertirse en el recreo levantándoles el jumper a las mujeres para verles los calzones. Hasta que una profesora cortó con la cuestión diciendo: "La próxima vez que les levanten el jumper a sus compañeras, entonces ellas tendrán permiso para bajarles los pantalones." Nunca más weviaron. Claro, eran los '90. Hoy en día una frase así sale de algún profesor y lo echan.

También recuerdo que una vez un compañero nos dijo a mí y a un grupo de amigas "les quiero mostrar algo." Nos llevó a un rincón apartado y se bajó los pantalones. Nunca había visto a un hombre en calzoncillos. Eso fue todo. Mis amigas se rieron como tontas, con esa clásica risilla nerviosa. Yo no entendía nada. ¿Cuál era el punto? 

En otra ocasión estaba en la casa de un compañero, y no recuerdo muy bien como sucedió todo, la cosa es que terminé yo y como cuatro compañeros más en una pieza. Supuestamente haciendo una tarea. Y ellos empezaron a molestarme quitándose los pantalones. Yo era bastante ingenua. Así que al final me fui de la pieza y no recuerdo bien si los acusé con su mamá. 

Sí, todo esto sucedió cuando no debía tener ni diez años. Eran conductas que yo no entendía y que, al parecer, todo el resto parecía entender. Lo único que sabía es que estas situaciones por ingenuas que parecieran, me molestaban. En el fondo, a pesar de lo pava que era, sabía que había algo profundamente incorrecto.

Ya más de grande, estando en cuarto medio, tomaba el metro para ir a la oficina de mi pololo. Y al salir tenía que pasar enfrente de un edificio en construcción. Se imaginarán la cantidad de cosas que escuchaba que me gritaban todos los días. Todo por andar "con faldita." Pero esa es la cosa. No era "faldita," era uniforme. Yo aún estaba en el colegio. Era grandecita, sí, pero aún era menor de edad. Y debía soportar esos gritos cada vez que pasaba por ahí.

Una vez, de hecho, saliendo del metro alguien me dijo algo y luego sentí que me empezó a seguir. Eso no me gustó para nada y entré en un minimarket, el tipo pasó de largo y no salí de ahí hasta que me sentí segura de salir otra vez.

No fue la única vez.

Para una Navidad estábamos en el departamento de mi tía y hacía tanto calor que decidí salir a darme una vuelta. Estaba en calle Libertad, les digo, no era como un barrio marginal ni nada por el estilo. Deben haber sido las tres de la tarde de un día de diciembre. Y en un paradero un hombre comienza a decirme cosas. Yo lo ignoro y el empieza a acercarse mientras sigue gritando weas. Empiezo a caminar más rápido y él empieza a seguirme. Casi corrí. Tuve que correr como por tres o cuatro cuadras, hasta que lo perdí. Con pánico llegué de vuelta al departamento. 

Y eso no es todo. Hace un par de semanas fui con mi hijo pequeño a la plaza. Noté que alguien nos estaba observando. Después de un rato él se levantó y empezó a caminar hacia nosotros. Por esas cosas instintivas, tomé a mi hijo en brazos y entré en una verdulería cercana.  Por el rabillo del ojo ví que el tipo se dio media vuelta y se fue. Ni siquiera al verte con un niño pequeño la gente la piensa dos veces.

En fin. Una infinidad de veces que he tenido que soportar que viejos verdes me griten weas en la calle. No sé que pasará por sus mentes. Pero no me gusta. No quiero ser parte de sus fantasías. No estoy ahí para que ellos me usen. Yo no me estaba ofreciendo. 

Y esa es la cuestión. Cada vez que lo pienso me doy cuenta, en cada una de esas ocasiones donde me sentí vulnerada yo no estaba vestida con una minifalda, ni con un top escotado o ultramaquillada. Yo no estaba llamando la atención. Yo no estaba provocando. Yo estaba llevando mi vida normal. Estaba haciendo mi día a día.

Como no nos basta tener que luchar con los estereotipos y librar esas guerras cruentas con nuestros cuerpos. Como no nos basta tener que aprender a amarnos tal y como somos, independiente de las millones de tipas photoshopeadas que salen todas regias e hipersexualisadas en cada afiche, aunque sea para vendernos clips... Para más remate se nos insta a que cuando nos vistamos, seamos cuidadosas, para no provocar. Se nos dice que es para cuidarnos. Pero yo les digo eso es pura mierda.
Son palabras dulces que en el fondo nos dicen que nadie está cuidando de nosotras. Nosotras tenemos que cuidarnos porque nadie más lo hará. Nos dice que nosotras estamos haciendo algo mal y que cualquier cosa que suceda será nuestra culpa por no haber sido más precavidas. Que es nuestra culpa ser seductoras.

Y eso no es así. Cada vez que me pasaron estas cosas yo estaba en lugares tranquilos. No estaba saliendo de un bar de mala muerte a las 4 de la mañana vestida como prostituta. Estaba haciendo mi vida cotidiana, del mismo modo en que todos salen a comprar pan, al colegio, caminando por la calle... Con la confianza de que no llevan nada consigo para que les roben ni que están dándoles razones a nadie para que sean agresivos con uds. 

Me imaginé lo que como occidente les decimos a las mujeres de medio oriente: ¡Sáquense los velos, libérense! Pero al mismo tiempo le decimos a nuestras hijas: más larga la falda, tápate el escote. No hay diferencia. No se trata de lo que es moral o religioso. Cada uno puede vestir como sea. Pero así como sabemos que una mujer en medio oriente debería poder mostrar un tobillo sin que los hombres piensen que es una prostituta, aquí las mujeres podrían ir a la playa en topless sin miedo a que las violen. Porque la seguridad no pasa por nuestros cuerpos. Pasa por nuestras mentes y las medidas que tomamos como sociedad para protegernos.

La verdad es cuando suceden estas cosas no es porque las mujeres estén provocando. Suceden porque los hombres no controlan sus impulsos. La provocación no es la que decide en última instancia la acción. Se supone que como seres humanos somos capaces de razonar y medir las consecuencias de nuestros actos. De lo contrario... ¡Cuántas veces me he encontrado con gente estúpida que me encantaría golpear! ¡Cuántas veces no hemos tenido ganas de matar a algún weón muy conchesumadre por los crímenes que ha cometido! Y no lo hacemos. Porque sabemos que no se hace. 

No quiero ponerme moralista. Pero considero que es muy simple. Cada vez que un hombre trata así a una mujer, es un tipo de violencia. La mujer no va a pensar "oh, el me encontró guapa. Me siento mejor, ahora me siento más linda. Y hasta él es apuesto. Tal vez le gusto, que rico." NO. Lo que normalmente pensamos es "¡¿Qué onda? Que miedo, por favor que el weón no me siga, tal vez me quiere violar." Reaccionamos con incomodidad, con miedo. Porque sentimos que si él quisiera podría hacernos daños y no tenemos las herramientas para defendernos. Y peor aún, que nadie saldrá en nuestra defensa. 

No son sólo palabras. Es todo el significado del cual están cargadas. En el fondo al weón le importa muy poco tu respuesta. Claramente no le importa tu consentimiento. No es una relación, como sucede en las relaciones emocionales. No hay empatía. A él no le importa si te sientes bien o mal con su comentario. Su intención no es halagarte. Es egocéntrico. A él le interesa satisfacer una necesidad de él con su cuerpo, con sus emociones. Le da placer la situación. Y tú, solo eres un vehículo. Eso es lo más perjudicial. Es decir, no hay respeto y eres cosificada. En el fondo son los mismo principios activos en un violador, por ejemplo. No es que él sienta algo por tí, tú eres un medio para que él consiga lo que quiere. Y eso es peligrosísimo. Desde el momento en que eres un objeto, entonces estás en riesgo, porque pierdes todos tus derechos como ser humano. Eres desechable. No tiene valor ni tu salud, ni tu vida, ni tus emociones, ni tu integridad. Y puedes ser víctima de cualquier agresión. 

Eso es lo que la gente no entiende cuando decimos "No nos gusta que nos griten cosas." No es para hacernos las interesantes. Lo que en realidad decimos es "No nos gusta sentirnos expuestas al peligro." Porque sentimos que es algo que todos ven como algo inofensivo, pero sabemos que no es así.

A lo que voy es que es un tipo de violencia. Un tipo de violencia que está casi en nuestro ADN. Yo no sé que encontraban de divertido mis compañeros en sacarse los pantalones y exhibirse en calzoncillos frente a nosotras. Más allá de lo divertido de "romper las reglas," pero claramente había algo ahí, en saberse en una posición dominante frente a nosotras, que no sabíamos qué hacer. Éramos pequeños. Aún no se despertaban del todo los complejos aspectos de la sexualidad. Estábamos recién descubriéndonos. Y sin embargo, ahí estaban ellos, marcando una posición dominante desde un principio. 

Admito que en lo que a mí se refiere me ha faltado valentía. Cada vez que me han gritado cosas me han dado ganas de darme la vuelta y defenderme. De gritarles de vuelta. Pero o no me atrevo o no sé que decir. Me dan ganas de gritarles algo que realmente les duela en el ego. De que se den cuenta de que lo que están haciendo está mal. Eso está pendiente. Tendré lista mi respuesta para la próxima vez. Porque creo que es crucial que aprendamos a defendernos. Da igual si nos tratan de histéricas. Así como uds nos han criado, nadie saldrá en nuestra defensa. Somos nosotras quienes tenemos que marcar los límites.

Y cuando hablaba en un principio de que todos somos sociedad, lo decía porque... Es muy fácil estar a favor o en contra de lo que alguien dice, pero es mucho más difícil volverse críticos con uno mismo. Creo que ningún hombre se reconocería como machista. Pero lo cierto es que tenemos una cantidad de conductas, de las cuales muchas veces no somos conscientes, que inducen al machismo. No nos damos cuenta, pero las seguimos practicando. Las traspasamos. Es más, algunas de las mayores machistas son, increíblemente, mujeres. 

A lo que voy es que reconozcamos esas actitudes y las vayamos combatiendo, caso a caso, día a día. Desde la casa. Antes de querer cambiar al mundo (y hay mucho por hacer), cambiemos nosotros. 

El día de hoy digo BASTA a la agresión verbal hacia las mujeres (y hacia cualquiera en realidad), en la vía pública (y en la privada también). Y yo, desde lo que yo puedo hacer como sujeto individual, les digo: La próxima vez me voy a defender.

Lo lamento mucho al tener que hablar de "los hombres." Claramente no quiero generalizar. También hay mujeres que tratan mal a los hombres y que les gritan cosas, los golpean. Esto no es una cuestión de decir quienes son agresores y quienes son víctimas. Para mí hombres y mujeres son distintos en aspectos genéticos, pero iguales en términos de derechos humanos. Para mí lo ideal sería que no existiese ningún tipo de discriminación o de violencia, en ninguna dirección.





 

miércoles, 22 de octubre de 2014

Volver

Existen personas que durante un breve tiempo significan algo para nosotros... Pueden ejercer una presión tan fuerte como el agua, una chorrera de emociones... Y sin embargo, transcurrido ese breve instante compartido, se desvanecen. Se evaporan llevándose consigo los rastros de tales emociones. En el fondo, su misión en nuestras vidas es como la de la lluvia. Para algunos puede ser un mal día, un mal frente; otros lo consideran agradable. Pero en el fondo es un clima pasajero y su única misión fue hacer fértil el suelo donde más adelante se asentarían las emociones más hondas. Esas que se instalan como enormes árboles y extienden sus ramas, duraderas, a través de las estaciones.

De esas personas, curiosamente, guardo pocos recuerdos. Más que nada son sensaciones. Y ni siquiera estoy del todo segura que se asocien a ellos.

Recuerdo una balada... melodías que resuenan como ecos en nuestras cabezas una vez que nuestros corazones se han secado. Recuerdo un cielo azul, con nubes blancas y lentas, moviéndose pesadamente al soplo de algún viento de cambios. Esperanzas, esperanzas que suben por escaleras infinitas hasta el cielo. Cada escalón decorado como las teclas de un piano, a las cuales les gusta interpretar canciones repletas de nostalgia. Recuerdo casas y balcones, todas de colores brillantes. Pero que quedan opacadas por la luz anaranjada de un farol en la oscuridad. Ahí, en esa oscuridad donde se pierden los que sueñan. Adoquines donde bailar el vals. Mosaicos en las paredes. Espejos en el alma. Un café con aroma a naranja. Un pie dulce con un dejo amargo.

He intentado encontrar nuevamente esos lugares. Esos lugares a los que no sé volver, porque no se encuentran en algún mapa, sino en los recuerdos más perdidos de la memoria. Por accidente tal vez me encontré con ellos. Pero me parecieron desteñidos. Estaban más opacos, más faltos de sueños. Ya no se veía el horizonte desde sus balcones. El mar ya no brillaba a lo lejos. En vez de eso hervían preguntas sin respuesta. Pasados bloqueados, como las huellas borradas en la arena. 

A veces es mejor no regresar. Volver para encontrarse con un recuerdo herido, duele demasiado. Ya no encontrarás el rostro igual  al mirarte en el espejo. Ya no voltearás al cruzarte con su recuerdo caminando entre la multitud. El mundo habrá cambiado y tu también.

A veces es mejor no regresar. 




martes, 14 de octubre de 2014

Sin quedarse atrás

Recuerdo haber estado en octavo básico o primero medio, algo así. Estaba en el coro de mi colegio, así que nos tocaba presentarnos en la licenciatura de los cuartos medios. Por esas cosas de la vida conocía a varios de los que salían, siendo que eran mayores que yo. No eran de esas relaciones que uno podría llamar amistad, sino más bien, esas conexiones extrañas que se producen en lugares como el colegio… Ahí, donde ves todos los días a la misma gente, conoces sus rostros y sus nombres, tal vez parte de sus historias, desde hace años. Existe una cercanía. Y cuando uno está en esa edad, queriendo colgarse de los mayores, el grado de afecto por esas personas aumenta.  El punto es que yo conversaba con algunos de ellos… Y me contaban sus planes a futuro: irse de la región, del país, probar suerte afuera, pues había todo un mundo de posibilidades. A medida que los años fueron pasando esta fue una escena que se fue repitiendo. Con excepción de que aquellos que se iban eran cada vez más cercanos. De pronto ya no eran conocidos los que salían a enfrentarse a la Universidad y otros proyectos. Eran amigos. Y sentía que me quedaba atrás. Hasta que finalmente me tocó el turno a mí también.

Este sentimiento ha sido recurrente en distintos momentos de mi vida. A pesar de mis logros, que no son pocos (lo descubrí cuando hacía mi Currículum), no puedo evitar sentirme en menos al compararme con los demás. No es que sienta que los otros sean mejores que yo. Es sólo que no puedo evitar sentir envidia cuando los veo realizando cosas que a mí me gustarían, como por ejemplo viajar. Ahora con lo de las redes sociales es tan común el psicopatear… Y ahí están, todas esas fotos de las cosas que han logrado: títulos, becas, trabajos, viajes, intercambios, vacaciones, experiencias únicas como caminatas, buceo, saltar en paracaídas o qué se yo. La mitad de esas actividades jamás las haría. Pero en fin. Creo que lo que más envidio es justamente eso. Esa libertad de poder hacer lo que uno quiera, de arriesgarse, de tomar las opciones que la vida te plantea. En el fondo: de vivir la vida y sentirse pleno, sentirse feliz con uno mismo.

¿Por qué yo no me puedo sentir así? Con todas las cosas que he hecho, con todo lo que he logrado…
No sé si tiene que ver porque aquí es como mal visto sentirse orgulloso de tus logros. Pero siempre tendemos a opacarnos. No estamos acostumbrados a ver nuestras cosas buenas, y las malas a veces resultan tan fáciles…

Además la comparación siempre es peligrosa. Sólo vemos un aspecto de aquello con lo que nos comparamos. Muchas veces vemos sólo el resultado, pero no todo lo que se recorrió hasta llegar ahí.
Una vez me dijeron: “No juzgues a nadie sólo por sus fotos de Instagram o de Facebook.” En efecto, eso es lo que tienen las redes sociales: un “Perfil,” un punto de vista. Y uno lo arma. Uno elige como quieres que te vean. O a veces, se arma sólo, contra tu voluntad. Pero el tema está en que lo que aparece ahí es sólo un aspecto tuyo. Y si sólo hay fotos de las fiestas a las que has ido, parecerás un tipo carretero. Si sólo hay fotos de tus logros, parecerás alguien exitoso. ¿Quién guarda recuerdos de sus derrotas?

Quizás lo principal está en asumir de forma realista tu propia experiencia. ¿Cómo es que he llegado hasta aquí? ¿Estoy viviendo la vida que quiero? ¿Sí, no, por qué? ¿Qué puedo hacer para cambiarlo? Pero también respetar tus tiempos. Tu vida tiene un pulso y es por algo. Quizás el ritmo que llevas te dirige en otra dirección. Una que aún no habías considerado y que puede resultar incluso más satisfactoria.

Es por eso que cuando esa envidia me ataca, después de psicopatear a algunos conocidos, me psicopateo a mí misma, con ojos de alguien externo. Hago una revisión de mis logros y lo comparo con mis metas a corto, mediano y largo plazo. Por lo general me basta para alcanzar la calma una vez más. Pero si no, entonces me da el impulso necesario para tomar las riendas de mi vida una vez más y empezar a hacer los ajustes que estime convenientes.


Quizás la lección más difícil que tenemos que aprender es la paciencia. Aquello que deseamos, de algún modo u otro, si nos esforzamos llegará. Pero por mientras, debemos disfrutar el camino y lo que tenemos.




lunes, 13 de octubre de 2014

Un día en el Cielo

El otro día hicimos un Picnic en el Jardín Botánico. Mi hijo de dos años lo pasó increíble corriendo libremente por ahí. Mi pareja quedó agotado corriendo detrás de él. Lo pasamos súper con mis amigos: conversando, comiendo, jugando... El clima estaba de lo más agradable.

En algún momento me quedé sola descansando sobre la mantita que habíamos tirado en el pasto. Corría una suave brisa y por la hora, donde el sol comienza a declinar, había una luz tangencial... Una especie de bruma que cubre la panorámica como un filtro de instagram. 

Estaba lleno de familias que habían decidido salir también. Vi grupos de niños pequeños celebrando cumpleaños, con un tipo alto y calvo vestido como guía de safari que les realizaba actividades. Los árboles estaban adornados con globos y banderitas de papel, listones y otros colgantes. Las mesas estaban repletas de jugos y cositas sanas. En el pasto habían cojines y mantitas... Parecía una foto de revista de decoración. 

En otros grupos la cosa era más heterogénea: tercera edad conversando, parejas de adultos regaloneando, parejas jóvenes absortas en lo suyo, padres pacientes y vigilantes, pero relajados... Grupos grandes de amigos jugando, amigas de mediana edad riendo. Había de todo.

La naturaleza magnífica como siempre. Algo me produce estar en medio de árboles inmensamente grandes. No hay cosa que me guste más que perderme en los bosques. Y el Jardín Botánico era el escenario perfecto para las actividades de aquel día.

Si bien había mucha gente, había suficiente espacio para todos. Los asistentes eran de todas las clases sociales, pero se mezclaban bien. Desde las pitucas que intentan verse hippies con ropa de marca, hasta las clases populares vestidas con ropa del persa, pasando por la clase media que se viste muy originalmente en las grandes tiendas... Nadie desconfiaba del otro. No era ese ambiente como de plaza pública, donde todos afirman su cartera o miran feo al del frente. Todos dejaban que los niños corrieran libres y se hicieran amigos de los demás, sin importar si dejaban la bici tirada. Los perros corrían por todas partes, pero todos tenían dueño. Ningún aparato hacía música de forma molesta. Y los autos y motos pasaban muy lento, así que no estaba ese estresante ruido de motores al acelerar, ni frenasos, ni bocinas...

Me detuve un momento y los miré. Los observé cuidadosamente a todos. Mi alma se conmovió al ver esta escena del Jardín de las Delicias. Sentí que eso era la perfección, ¿qué más podía pedir? Habría sido feliz con una vida así. Relajada, donde todos pudieran conversar, jugar, leer, pintar, dormir, pololear, correr, en fin... lo que quisieran. Detenerse a oler las flores, a maravillarse con el colorido de los árboles, a jugar a alimentar a los patos o ensimismarse con los destellos de luz sobre el agua... El clima: perfecto: ni mucho frío ni mucho calor. Suficiente privacidad, suficiente estar en compañía con los otros.

Si alguien me hubiese preguntado ¿cómo imaginaba yo el Paraíso? Habría respondido: Así.




martes, 23 de septiembre de 2014

Contaminada

Tuve que sujetar con ambas manos,
mis propias manos blancas,
a la aurora que asomaba,
para evitar que penetrase
con sus rayos rosa
y apartase de mí los vestigios de mi sueño.

Aquel sueño me fue arrebatado
como un coito interrumpido
como el clímax negado
que deja tras de sí sólo frustración.

Aquellos fragmentos de sueños
eran mi medicina.
Y ahora toca deambular por los pasillos...
¡Pero no son pasilllos!
Son calles interminables
repletas de peatones, que son a la vez pacientes
y autos que son a la vez camillas
de este enorme hospital que es la ciudad enferma.

Pero ya no hay amparo, ya no hay amor.
La ciudad me devuelve la mirada con crueldad.
Así es. Hay fuego en sus ojos.
Ese ardor que se manifiesta
desde las entrañas mismas de la urbe
y exhala como vapor por sus sucias chimeneas.

En cada esquina veo un muerto.
Pero, ¡no! No es un cadáver humano,
son esos sueños que la aurora asesinó.
Repletos de ollín y smog,
igual que las paredes de estos edificios.

Mis pulmones repletos de humo
me hacen vomitar palabras hirientes.
Mis piernas lánguidas
se abren a cualquiera que desee entrar
con una dosis de cariño.

Una vez despierta me es imposible volver a soñar.
No logro recordar los versos últimos de aquel poema.
La sesión termina fuera de mí
y la ciudad vierte su enfermedad
como semen por mi pecho.




Atte
Mei